La Villa de Bilbao como tal, tiene por fecha concreta de nacimiento el día 15 de Junio del año 1300, cuando Don Diego López de Haro le otorga la Carta Puebla.
Bilbao, como muchas ciudades en el mundo, se asienta alrededor de un río. Este, el Nervión, les permite a sus habitantes tener agua potable, para regadíos y para pescar desde las orillas, les da pues de comer y de beber. Con el paso del tiempo la ría además, se va conformando como la mejor vía de comunicación con el exterior.
En un principio hubo dos núcleos de población, dos pueblas de distinto carácter: la de la margen izquierda o Bilbao la Vieja, de carácter minero que trabajaba el hierro en las ferrerías y la puebla de la margen derecha dedicada al tráfico mercantil portuario, llamada Casco Viejo. Ambas estaban unidas por el puente de San Antón y justo allí hasta donde llegaban las mareas, hubo un puerto.
Del pasado anterior a la fundación de la Villa se sabe muy poco. Algunos historiadores han barajado la posibilidad de que Bilbao fuese la Flaviobriga romana, puesto que se han encontrado monedas romanas en la ría, pero esto no se ha podido demostrar. Lo que sí parece probable es que los bilbaínos tuvimos contacto con los normandos, auténticos dueños del eje Atlántico allá por el siglo XI. Tal vez fuesen ellos los que nos enseñaron el arte de navegar y comerciar.
Durante los siglos XII y XIII, Bilbao y Bermeo se configuraron como dos importantes puertos comerciales, rivalidad que duró siglos. Antes de la fundación de la Villa, Bilbao adquiere un importante desarrollo económico, basada en ser el punto de salida de los productos castellanos hacia los mares del Norte y viceversa. Esta condición de cruce de caminos fue definitiva para la fundación de la Villa de Bilbao con autoridades propias, fuero propio (el de Logroño), con término municipal concreto y con una serie de ventajas para quienes viniesen a vivir en ella. Bilbao tenía la exclusividad de la navegación y del comercio sobre la ría. Alrededor de ese sistema, se formaron instituciones y actividades, aprovechando la materia prima que brindaban las montañas de corazón de hierro que rodean Bilbao, trabajaron el hierro - como citaron Shakespeare y Tirso de Molina, entre otros -, con la madera de sus bosques de robles, hayas y castaños, elaboraron desde siempre embarcaciones que surcaban los mares en busca de clientes y de nuevos productos con los que comercializar.
Durante tres siglos, las instituciones encargadas de regular la vida de los bilbaínos fueron dos: El Ayuntamiento y el Consulado (1511-1829), encargado de dictar las normas de la vida terrestre y marítima, las relacionadas con el comercio, siendo también Universidad de transportistas marítimos y comerciantes. Llegó a tener tanto peso que en el siglo XVII los bilbainos tenían su propia Casa de Contratación en Brujas (Bélgica) para realizar allí sus negocios. El consulado de Bilbao desapareció en el siglo XIX, al promulgarse un Código de Comercio para todo el Estado.
Fue tan estrecha la colaboración entre estas dos instituciones que hasta compartieron la misma casa junto a la iglesia de San Antón, hoy desaparecida.
La inclusión de Bilbao en el camino de Santiago permitió a la Villa el acercamiento al conocimiento de diferentes corrientes culturales y artísticas, configurándose con ello el carácter de esta ciudad. Estos viajeros, que peregrinaban por el Camino de la Costa, constituían a su vez una nueva fuente de ingresos.
La historia de Bilbao en la Edad Moderna es la historia de su actividad comercial, como nexo de unión entre el espacio Atlántico del norte de Europa y el interior del reino de Castilla, siendo también fundamental la conexión entre Sevilla y América.
Pero, sin lugar a dudas, el siglo que cambió el rumbo del destino de Bilbao fue el siglo XIX. Durante este siglo, Bilbao fue elegida capital de Bizkaia (1820-1823), se emprendió el desarrollo industrial del área metropolitana basándose en las minas y en la industria siderometalúrgica, se impulsaron también las navieras, las compañías ferroviarias - se construyeron más de 1000 km. de vías férreas en tan sólo 50 años, del 1814 al 1891- y aparecieron los bancos e incluso la Bolsa.
A pesar de las guerras que Bilbao sufrió durante este período - invasión francesa de Napoleón (1880), dos guerras Carlistas en cuatro Sitios (1835-36 y 1873-76)-, el desarrollo económico fue impresionante.
Bilbao, que hasta entonces era el Casco Viejo y Bilbao la Vieja, necesitaba ensancharse y demostrar políticamente su engrandecimiento económico. Así, comienza en 1870 su proceso de anexiones, primero Abando, luego Begoña, más tarde Deusto y Lutxana (1924). Como vemos, la ciudad que hoy conocemos es un invento muy moderno. Este progreso también se ve reflejado en la arquitectura. Muchos de sus monumentos son construidos en la misma época: Plaza Nueva, Teatro Arriaga, Ayuntamiento,...
Durante la primera parte del siglo XX, Bizkaia vivió un gran apogeo económico que tuvo su culminación en los felices años 20, basado principalmente en la venta del hierro a Inglaterra, destinado a fabricar, entre otras cosas, armas para la Primera Guerra Mundial.
Tras esta etapa, y transcurridos los avatares de la Guerra Civil, la Villa vio cómo la industria alcanzaba sus cotas máximas, acogiendo miles de emigrantes llegados de distintas zonas del Estado, a los que tuvo que dar cobijo en los barrios construidos a tal efecto. Debido a la premura con que se realizaron éstos y a la orografía de su entorno, la configuración urbanística de Bilbao no pudo seguir una planificación lineal.
Demográficamente hay que considerar que el Gran Bilbao, área de influencia de la Ría del Nervión donde tuvo lugar el desarrollo industrial, cuenta con un millón de habitantes, no así la Villa de Bilbao que ronda los cuatrocientos mil. Actualmente, toda esta zona que basó sus ingresos en la industria sufre un período de recesión económica. Aunque sus habitantes siguen mirando el futuro con optimismo, y así afrontan el difícil reto de transformar la sociedad industrial que arraigó en el siglo XIX, en una ciudad de servicios de calidad.